Ayer concluí la lectura y toma de notas del libro que he tenido entre manos durante unos días; “La Sombra del Viento” es su título y Carlos Ruiz Zafón, su autor. Está editado por Planeta. Si cito estos datos es porque de los tres tengo algo que decir, por desdicha, en tono poco encomiástico, lo cual me apena y disgusta porque el libro, el autor y la editorial citados gozan de una reputación y aplauso muy extendidos, aunque algo exagerados, a mi juicio.
El libro es una antología de solecismos, entendiendo por tales las faltas de sintaxis y los errores cometidos contra las normas de un idioma. En una lectura no excesivamente premiosa, he anotado más de novecientos, y los hay de todo pelaje: perífrasis, retruécanos, anfibologías, elipsis, disfemismos, leísmos, paronomasias, tautologías, anacolutos, oxímoron forzados, abuso de metonimias y sinécdoques…
Hay que hacer constar que quien escribe estas líneas no es gramático, ni filólogo, ni purista del idioma ni nada que se le asemeje. Se tiene a sí mismo por un simple y asiduo lector, aficionado a la buena literatura y desafecto a los bodrios, que suelen atragantársele en el galillo y le impiden su gustosa deglución. Y esto último es lo que le ha acontecido, precisamente, con el libro de que hoy habla.
La cita literal de las novecientas y pico anotaciones convertirían este artículo en un texto plomizo, cargante y adormecedor pero para justificar su redacción y alumbrarla con algunos ejemplos, es necesario espigar un “florilegio” extrayéndolo de la rica colección de barbarismos y otras perlas (anglicismos, galicismos, catalanismos, vulgarismos, idiotismos etc. ) que adornan el contenido de “La Sombra del Viento”.
Antes de esa labor, el articulista se toma la libertad de reseñar su parecer sobre el argumento y los personajes que desarrollan la obra. Ambos pueden calificarse de muy menesterosos y necesitados:
- la historia no pasa de historieta : entretiene, distrae… y poco más. Es lo mismo que la televisión, producto fabricado solo para entretener, aunque un elevado porcentaje de sus espectadores, tomando el rábano por las hojas, hace de los contenidos televisivos el dechado, espejo y molde con el que modelar gregariamente sus propias vidas… y así nos va. Espero que no acontezca lo mismo a los lectores de este libro, porque a la literatura es lícito pedirle, como Arte que es, que además de entretener, enriquezca el vocabulario, la expresividad, la cultura del lector, que ennoblezca sus emociones ,sentimientos y valores y lo cierto es que ni un atisbo de esa fortuna ha sido posible encontrar en el libro.